La IA y la privacidad
Cuando hablamos de inteligencia artificial y privacidad, la conversación suele orbitar en torno a gigantes tecnológicos lejanos, en servidores ocultos en otros continentes. Sin embargo, el debate ya no es abstracto; ha tomado cuerpo y se pasea por nuestras calles, se instala en nuestros comercios y flota en las aguas de nuestros ríos. En Entre Ríos, donde la vida comunitaria es tan palpable como la brisa del Paraná, la llegada silenciosa de estas herramientas nos obliga a una reflexión urgente y local. No se trata de rechazar el progreso, sino de interrogarlo con la sabiduría práctica que nos da el saber quiénes somos y qué valoramos.
Pensalo un momento: el productor agropecuario de Villaguay que usa una app con IA para monitorear el rendimiento de sus lotes está, sin quizás saberlo en detalle, alimentando un modelo con datos sensibles sobre su tierra, su producción y sus estrategias. También la implementación un sistema de reconocimiento facial para agilizar el acceso de visitantes frecuentes maneja información biométrica delicada. Incluso el pequeño comercio de Paraná que emplea un chatbot para atender consultas en su página web recopila y procesa hábitos de consumo de sus clientes. La eficiencia es tentadora, el ahorro de tiempo, real. Pero en ese intercambio, ¿dónde queda el derecho a la intimidad, ese bien tan preciado en nuestra cultura de veredas bajas y puertas abiertas?
Entre la eficiencia y el resguardo de lo propio
El núcleo del asunto no es la tecnología en sí, sino el modelo de negocio que suele acompañarla, basado en la extracción y comercialización de datos. En nuestra provincia, con una economía fuertemente ligada a lo concreto –la carne, la madera, el turismo–, la idea de que nuestra información personal se convierta en una mercancía más resulta ajena, incluso violenta. Imaginá los datos de los pescadores artesanales del río Uruguay, con sus conocimientos ancestrales sobre corrientes y cardúmenes, siendo absorbidos por una plataforma para optimizar la pesca industrial. O los patrones de movimiento de los turistas en las termas, utilizados para predecir y manipular su gasto. La frontera entre un servicio útil y una vigilancia sofisticada es más delgada que el hilo de una caña de pescar.
La falta de una ley nacional robusta y actualizada nos deja en un limbo. Mientras, municipios entrerrianos podrían empezar a liderar discusiones sobre códigos de ética digital para sus proveedores de servicios, exigiendo transparencia en el uso de algoritmos. Las cámaras de comercio e industria locales tienen aquí un rol clave: promover que las pymes que adoptan estas herramientas lo hagan con conciencia, eligiendo soluciones que respeten los datos de sus clientes, tal como respetarían su confianza en un trato cara a cara. No se necesita ser un experto en Silicon Valley; se necesita el criterio arraigado del comerciante de Entre Ríos que valora su reputación por encima de una ganancia rápida.
La privacidad en la era de la IA no es un lujo, es la piedra angular de la autonomía personal y la democracia. En una tierra de asambleas ciudadanas y fuerte identidad, debemos construir una gobernanza digital que refleje esos valores. Que la inteligencia artificial que llegue a nuestras costas no nos encuentre pasivos, sino con la mirada alerta, preguntando siempre: ¿a quién beneficia esto realmente? ¿Qué estoy entregando a cambio? Y, sobre todo, ¿cómo protejo lo nuestro? El futuro no se espera, se diseña con la misma prudencia con la que un isleño lee el río antes de zarpar.
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Periodista. Fundador de Emisora Regional. Vive en Oro Verde







