La economía del trauma: deuda, enclaves e inestabilidad
Un modelo económico que se consolida en su tercer año, pero sobre bases inestables
En las últimas horas, el análisis del rumbo económico nacional revela un panorama complejo. Aunque se trate de un “equilibrio inestable”, en su tercer año, el modelo productivo comienza a consolidarse sobre ciertos pilares. La prensa hegemónica no le presta mayor atención a sus consecuencias mediatas, prefiriendo dividir su tiempo entre conflictos sectoriales y en la sempiterna legitimación de las relaciones de poder. Sobre la base de una reducción de la inflación a más de treinta puntos anuales, gracias a un dispendioso sostenimiento del tipo de cambio contra deuda, se repite a diario que el nuevo modelo económico es la imagen misma del éxito y una nueva estabilidad.
Debe insistirse en que los shocks inflacionarios como el del año pasado siempre generan la plataforma óptima, el disciplinamiento social previo, para la llegada de gobiernos oligárquicos. Quienes pretendan representar a los sectores populares deberían grabarse el dato a fuego. Después de una inflación de tres dígitos, hasta la desgracia de treinta puntos se asemeja al paraíso. Que la inflación funciona como un impuesto que castiga con mucha más violencia a quienes viven de un salario resultó ser bastante más que una consigna de “la derecha ajustadora”.
Los costos ocultos de la estabilidad relativa
Luego de los tres dígitos, la sociedad valora tanto la baja relativa de la inflación como para dejar de lado todos sus inmensos costos implícitos. Costos en términos de endeudamiento en divisas, de destrucción del aparato productivo, de avasallamiento de las funciones básicas del Estado, del insólito deterioro de la infraestructura –una verdadera bomba de tiempo a mediano plazo– y de pérdida de soberanía nacional vía el alineamiento automático con la potencia hemisférica. La sociedad parece experimentar una suerte de largo estrés postraumático en el que nada le importa en tanto se logre sostener una relativa estabilidad de precios.
Mientras tanto, el modelo de destrucción del Estado y dólar barato hace su trabajo subterráneo. El aniquilamiento de la productividad sistémica de las actividades con mayor valor agregado se consolida como dato central.
Dogmatismos y resultados concretos
La heterodoxia dogmática que afirmaba que el dólar barato era siempre preferible porque mejora los ingresos de los trabajadores debe, seguramente, estar encantada con el modelo actual. Sin embargo, su alegría teórica no encuentra contraparte en la mejora del consumo de los trabajadores, no tracciona la demanda agregada, no crea empresas, no crea empleo. Los únicos felices son quienes conservan algún excedente y, en consecuencia, disponen de más dólares. Un balance muy preliminar es que entre las peores desgracias de cualquier corriente de pensamiento económico destaca el dogmatismo y la fetichización de determinadas variables.
El fracaso en la llegada de inversiones y la dependencia
Regresando al modelo que se consolida, en el tercer año comienza a ser evidente el fracaso del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI). No hubo lluvia de inversiones. La Inversión Extranjera Directa (IED) alcanzó pisos históricos a pesar de los grandes beneficios ofrecidos. No es casual que las únicas inversiones que llegaron se hayan dirigido a las nuevas economías de enclave, principalmente en los sectores energético y minero. Sucede que las características del RIGI no atienden al desarrollo de cadenas de proveedores locales y no incluyeron en la ecuación el problema de la restricción externa.
Un dato de fondo es que el modelo no es estable. El alineamiento automático con la potencia hemisférica le permitió al gobierno superar las elecciones de medio término. La ayuda estadounidense evitó sobre la hora una crisis externa inminente. Pero tras la ayuda y el triunfo electoral, los factores de inestabilidad siguen presentes. El más importante es que el modelo continúa siendo deuda dependiente. No está para nada claro cómo se enfrentarán los vencimientos de deuda si no es refinanciando a tasas crecientes hasta que sea inevitable una nueva reestructuración.
El escenario que se consolida: reprimarización y sectores dinámicos
El modelo inestable que se consolida es el de una economía que refuerza de manera no virtuosa su reprimarización y en la que existirán cuatro sectores dinámicos: el agro de la franja central, la energía y la minería como actividades de enclave en la franja cordillerana y la siempre pujante intermediación financiera. Este escenario convivirá con periferias urbanas desindustrializadas y empobrecidas, donde las nuevas economías de plataformas posibilitarán que el ajuste en los mercados laborales, ayudados por las reformas legislativas, se produzca por calidad y no por cantidad.
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